Preguntarse qué hacer para superar el duelo es profundamente comprensible.
Cuando alguien a quien queremos muere, buscamos respuestas. Qué tengo que hacer. Cuánto va a durar. Cuándo voy a volver a estar bien. Si lo que me está pasando es normal. Si algún día dejará de doler así.
Buscamos un mapa porque, de alguna manera, el que teníamos acaba de romperse.
Y quizá por eso quiero empezar este artículo precisamente cuestionando su título.
No sé si un duelo se supera.
Al menos, no si superar significa dejar atrás, olvidar o regresar a la persona que éramos antes de que todo esto sucediera.
Porque hay pérdidas que no pasan sin dejar huella.
Y quizá tampoco deberían hacerlo.
Superar no significa olvidar
Cuando acompañamos un duelo no buscamos borrar la ausencia ni conseguir que alguien deje de echar de menos.
Intentamos algo mucho más humano y, probablemente, también más complejo: aprender a vivir en una realidad que ha cambiado.
Una realidad en la que esa persona ya no está físicamente y, sin embargo, continúa formando parte de nuestra historia.
Con el tiempo puede cambiar nuestra manera de relacionarnos con su ausencia. Puede haber más espacio para otras cosas. Podemos volver a reír, hacer planes, enamorarnos, viajar o descubrir lugares nuevos.
Y nada de eso significa querer menos a quien murió.
Seguir viviendo no es traicionar.
Por qué el objetivo no es dejar de sentir
Muchas personas llegan a consulta con la idea de que estar mejor equivale a dejar de llorar. En realidad, la pena cumple una función y necesita expresarse. Lo que cambia con el tiempo no es que desaparezca, sino que se vuelve menos constante y deja de ocuparlo todo.
Entonces, ¿qué hacer para superar un duelo?
Quizá podamos cambiar ligeramente la pregunta.
En lugar de:
¿Qué tengo que hacer para superar esto?
podemos empezar preguntándonos:
¿Qué necesito para poder atravesar lo que estoy viviendo?
La diferencia parece pequeña, pero cambia muchas cosas.
La primera pregunta puede colocarnos frente al duelo como si fuera un obstáculo que debemos vencer.
La segunda nos invita a escucharnos.
Y no todos necesitamos lo mismo.
Dar espacio a lo que está ocurriendo
En un duelo pueden convivir muchas emociones.
Tristeza. Rabia. Culpa. Miedo. Alivio. Amor. Incredulidad. Incluso momentos de alegría que pueden sorprendernos y hacernos sentir culpables.
No necesitamos sentirlas todas.
Ni sentirlas de una determinada manera.
Ni siquiera necesitamos llorar para demostrar que estamos en duelo.
A veces podremos acercarnos al dolor y otras necesitaremos descansar de él.
También necesitamos descansar del duelo.
Ver una película. Salir a caminar. Trabajar. Reírnos con alguien. Cocinar. Estar en silencio.
No todo lo que nos aleja momentáneamente del dolor es necesariamente una huida.
A veces es simplemente nuestro organismo buscando un poco de aire..
Seguir hablando de quien murió
Hay algo que escucho muchas veces acompañando procesos de duelo: el miedo de los demás a nombrar a la persona que ha muerto.
“Prefiero no preguntarle para que no se acuerde.”
Pero quien está en duelo no suele necesitar que le recuerden a esa persona.
No la ha olvidado.
Poder pronunciar su nombre, contar una anécdota, mirar fotografías, recordar algo absurdo que hacía o simplemente decir “hoy le echo muchísimo de menos” puede permitir que ese vínculo encuentre nuevas maneras de estar presente.
Porque la muerte termina una vida.
No necesariamente termina una relación.
Cuidar un cuerpo que también está viviendo la pérdida
El duelo no ocurre únicamente en nuestra cabeza.
El cuerpo también atraviesa la pérdida.
Puede aparecer cansancio, dificultad para dormir, cambios en el apetito, tensión, inquietud, falta de concentración o una sensación de agotamiento difícil de explicar.
Por eso, en determinados momentos, cuidarnos puede signific algo bastante menos extraordinario de lo que imaginamos.
Comer.
Dormir cuando podamos.
Salir un rato al exterior.
Mover el cuerpo.
Aceptar ayuda.
Bajar algunas exigencias.
No para “hacer bien el duelo”.
Simplemente porque hay un cuerpo intentando sostener una experiencia enorme.
No tener prisa por ordenar la vida
Después de una muerte pueden aparecer muchas decisiones.
Qué hacer con la ropa. Con sus objetos. Con su habitación. Con una casa. Con fotografías. Con determinadas rutinas.
No existe un momento universalmente correcto para hacerlo.
Hay quien necesita guardar algunas cosas enseguida y quien necesita encontrarlas exactamente donde estaban durante mucho tiempo.
Si podemos permitirnos esperar, quizá la pregunta no sea “¿cuándo debería hacerlo?”, sino:
¿Estoy tomando esta decisión porque la necesito o porque siento que ya debería haberla tomado?
El duelo tiene demasiados “deberías”.
Quizá podamos quitarle alguno.
Algunas cosas que pueden acompañarnos
No existen pasos para superar un duelo que funcionen igual para todas las personas.
Pero sí podemos encontrar pequeños lugares de apoyo.
Escribir una carta.
Crear un ritual.
Caminar.
Hablar con alguien que sepa escuchar.
Volver a un lugar compartido.
Crear algo con las manos.
Guardar determinados objetos.
Compartir recuerdos.
Encontrarnos con otras personas que también conocen la experiencia de perder.
Y también podemos no querer hacer ninguna de estas cosas.
Una propuesta solo tiene sentido cuando encuentra sentido para quien la realiza.
¿Cuánto se tarda en superar un duelo?
Probablemente esta sea una de las preguntas que más escuchamos.
Y ojalá pudiéramos responderla.
No existe un calendario capaz de decir cuánto tiempo necesitamos para aprender a vivir con una ausencia.
Los aniversarios, cumpleaños, Navidades, vacaciones o pequeños acontecimientos cotidianos pueden hacer que el dolor vuelva a sentirse muy cerca incluso mucho tiempo después.
Eso no significa necesariamente que hayamos retrocedido.
El duelo no es una línea recta.
Hay días en los que sentimos que podemos con la vida y otros en los que una canción, un olor o una fotografía nos devuelve inesperadamente a la ausencia.
Quizá no se trate tanto de medir cuánto tiempo ha pasado desde que murió alguien, sino de observar qué está ocurriendo dentro de nuestra vida mientras pasa ese tiempo.
No todo lo que evita el dolor es necesariamente malo
También quiero detenerme aquí porque a veces convertimos el duelo en otra lista de cosas que tenemos que hacer correctamente.
Hay personas que necesitan mantenerse ocupadas.
Otras necesitan hablar muchísimo.
Algunas apenas pueden hablar.
Hay quien guarda todos los objetos.
Y quien necesita quitarlos de su vista.
Nuestro psiquismo tiene maneras de protegernos cuando algo resulta demasiado doloroso para poder mirarlo de golpe.
A veces necesitaremos acercarnos.
A veces alejarnos.
El problema quizá no esté en protegernos durante un tiempo, sino en que esa protección termine impidiéndonos vivir.
Por eso acompañar un duelo no debería consistir en decirle a alguien cómo tiene que hacerlo.
Debería ayudarnos a preguntarnos, con curiosidad y sin juicio:
¿Esto que hago me está cuidando o empieza a alejarme de la vida que necesito vivir?
Si te reconoces en varios de estos puntos, no es una cuestión de voluntad: es una señal de que necesitas otro tipo de apoyo. Puedes leer más sobre cómo se manifiesta el duelo por la muerte de un ser querido y qué reacciones son esperables.
¿Cuándo puede ayudarnos pedir acompañamiento?
Tampoco creo que todo duelo necesite terapia.
El duelo es una experiencia humana, no una enfermedad.
Muchas personas encuentran en su familia, sus amigos, su comunidad, sus creencias, la naturaleza o sus propios recursos todo el acompañamiento que necesitan.
Y otras veces necesitamos algo más.
Podemos necesitar un lugar en el que no tengamos que proteger a nadie de nuestro dolor.
Donde podamos repetir una historia veinte veces.
Donde podamos hablar de culpa, rabia, miedo o incluso alivio sin sentirnos juzgados.
Donde alguien pueda acompañarnos también cuando no sabemos muy bien qué decir.
Pedir acompañamiento profesional no significa que estemos haciendo mal nuestro duelo.
Significa, sencillamente, que no siempre tenemos que atravesarlo solos.
Trabajar con un profesional te permite poner palabras a lo que sientes sin la presión de tener que estar bien antes de tiempo. Y cuando compartir alivia más que hablar a solas, los grupos de apoyo al duelo ofrecen un espacio donde nadie tiene que explicar por qué sigue doliendo.
Un lugar donde no tienes que estar bien
Quizá no se trate de superar
En Crecer en la Pérdida no entendemos el duelo como un problema que haya que solucionar.
Ni como una sucesión de etapas que debemos completar hasta llegar al final.
Lo entendemos como una experiencia profundamente humana que necesita tiempo, cuidado, escucha y, algunas veces, compañía.
Por eso quizá podamos dejar abierta la pregunta con la que comenzábamos.
¿Qué hacer para superar el duelo?
Quizá nada.
Quizá no haya que vencerlo.
Quizá tengamos que aprender a escucharlo, atravesarlo, descansar también de él y permitir que vaya encontrando un lugar dentro de nuestra historia.
Porque seguir caminando no significa dejar atrás a quien amamos.
A veces significa descubrir que podemos llevarlo con nosotros de otra manera.
Y confiar en que, incluso después de una pérdida, el amor encontrará su propia forma de seguir presente.
En Crecer en la Pérdida acompañamos procesos de duelo desde hace más de una década. Trabajamos con sesiones individuales de una hora, presenciales en Madrid o por videollamada, empezando siempre con una sesión de acogida para conocer tu situación y decidir juntos cómo seguir.
Si llevas tiempo intentándolo por tu cuenta y notas que no avanzas, escríbenos o llámanos al 629 974 976. Te escuchamos sin prisas, sin plazos y sin la exigencia de tener que superar nada antes de tiempo.
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